La historia de Raspberry Pi tiene una capa que muchos pasan por alto porque, seamos honestos, cuando tienes una placa entre las manos lo que importa es que funcione. Pero hay un cambio institucional importante que conviene entender, especialmente si llevas tiempo en esto y te preguntas hacia dónde va el proyecto.
En julio de 2024, Raspberry Pi completó una separación legal y financiera que llevaba años gestándose en la práctica. No es un cambio técnico, pero sí afecta a cómo se toman las decisiones, quién responde ante quién y qué pasa con los beneficios que genera cada placa que compramos.
La Fundación: el origen de todo
La Fundación Raspberry Pi se constituyó en 2009 como organización benéfica registrada en Reino Unido. Su mandato es claro y bastante limitado en el buen sentido: fomentar la educación tecnológica y la enseñanza de ciencias de la computación, especialmente en entornos con pocos recursos.
No nació para hacer dinero. Nació para que más chavales aprendieran a programar y entendieran cómo funciona el hardware que tienen delante. Ese origen explica muchas decisiones de diseño que a veces parecen raras desde una perspectiva puramente comercial: el precio contenido, la documentación abierta, el soporte a distribuciones educativas.
La empresa comercial: cuando el éxito obliga a organizarse
El problema llegó pronto. Las primeras Raspberry Pi se vendieron por cientos de miles de unidades en cuestión de horas. Una fundación benéfica no está estructurada para gestionar cadenas de fabricación, contratos con distribuidores globales o el desarrollo iterativo de hardware. Así que en 2013 se creó una entidad separada, inicialmente llamada Raspberry Pi (Trading) Ltd., que después pasó a ser simplemente Raspberry Pi Ltd.
Esta empresa se encargaba de lo comercial: diseño de producto, fabricación, ventas. Los beneficios que generaba revertían a la Fundación para financiar sus programas educativos. En teoría, un modelo bastante limpio.
Dos entidades, una visión compartida. La empresa generaba los recursos, la Fundación los aplicaba a educación. Funcionó durante más de una década.
La separación funcional que ya existía antes de ser oficial
Entre 2012 y 2015 se fue definiendo quién hacía qué. Eben Upton, cofundador y el nombre más conocido del proyecto como parte de la historia de Raspberry Pi, que había llevado ambas partes durante el arranque, fue centrándose progresivamente en la parte empresarial y de producto. La Fundación fue adquiriendo su propio liderazgo independiente, con figuras como Philip Colligan al frente.
No fue un corte limpio ni dramático. Fue más bien una separación que se fue sedimentando con el tiempo, a medida que la escala de operaciones hacía inviable que las mismas personas gestionaran simultáneamente un programa educativo global y el desarrollo de hardware que compite en el mercado embebido profesional.
Photo by Árni Torfason for PopTech
Julio de 2024: la separación se hace formal y financiera
El momento definitivo llegó en julio de 2024 con la salida a bolsa bajo el nombre Raspberry Pi Holdings. Ahora la empresa cotiza en mercados financieros, con acciones negociables, inversores externos y todas las obligaciones de transparencia que eso implica.
Lo más relevante para la comunidad: la Fundación Raspberry Pi sigue siendo el accionista mayoritario. No se ha vendido el control a un tercero. La Fundación mantiene su capacidad de influir en la dirección estratégica de la empresa, y los recursos obtenidos con la salida a bolsa refuerzan su dotación para programas educativos.
Que la Fundación siga siendo el accionista de referencia es lo que diferencia esto de una venta ordinaria. Sin esa condición, el relato cambiaría bastante.
Lo que cambia y lo que no
La separación legal resuelve algo que siempre fue un poco ambiguo: quién responde de qué. Ahora está claro. La Fundación tiene un mandato educativo con estructura benéfica. La empresa tiene inversores, un consejo, obligaciones de reporte financiero trimestral y presión para crecer.
Eso puede ser bueno y puede ser un problema. Bueno porque obliga a la empresa a ser más eficiente y transparente. Potencialmente problemático si la presión de los mercados empieza a tirar en dirección contraria a la accesibilidad de precio que ha definido al proyecto desde el principio.
Por ahora, la estructura accionarial con la Fundación al frente actúa como cortafuegos. Pero conviene no perderlo de vista.
¿Afecta esto a las placas que usamos?
A corto plazo, no directamente. El hardware sigue siendo el mismo equipo, el mismo enfoque, la misma arquitectura. Lo que ha cambiado es como se organiza la fundación y el negocio, no el silicio.
A largo plazo, la pregunta que me hago es si cotizar en bolsa genera presiones que acaben influyendo en decisiones de producto: nuevos modelos más orientados al mercado profesional, menor énfasis en el segmento de bajo coste, o movimientos hacia ecosistemas más cerrados. No digo que vaya a pasar. Digo que es la pregunta que hay que hacerse.
Lo que sí parece claro es que la separación da más estabilidad estructural al conjunto. La Fundación seguir como base de la historia de Raspberry Pi haciendo su trabajo educativo sin depender únicamente de donaciones o de que la empresa tenga un buen año. Y la empresa puede operar con la agilidad que requiere competir en un mercado donde ARM, NXP y otros no están esperando.
Lo mismo al final sí que hará historia en la bolsa con su código $RPI



